“Fratelli tutti”, una voz profética en el desierto

Por José Howard Rivera Fernández (*)

La Carta Encíclica del Papa Francisco, hecha pública la víspera de la Fiesta de san Francisco de Asís, en octubre de 2020, en plena pandemia del Covid-19, es una voz incómoda que clama en el desierto de una época marcada por la indiferencia ante los grandes males de la humanidad; por ello mismo merece que se la escuche y amplifique dentro, pero especialmente fuera del ámbito eclesial. No hacerlo nos convierte en cómplices de un camino al colapso de la humanidad que cada vez se hace más evidente. Sin embargo, también es cierto que en un panorama gris, resaltan mejor las luces de esperanza de muchas personas, incluso anónimas, que brindan su testimonio de entrega y sacrificio por los demás.

Repasemos los 8 capítulos de este documento, seguros de que nos ayudarán a realizar nuestra propia lectura y a encontrar respuestas necesarias, cada uno en el lugar que le corresponde.

Inspiración oportuna

En la introducción de su Encíclica, el Papa Francisco explica que, inspirado especialmente por san Francisco de Asís y su vocación universal a la fraternidad, ha querido firmar este documento en su tumba en la ciudad de Asís, en la víspera de la festividad de este santo. Asimismo nos cuenta que se ha sentido especialmente estimulado por el diálogo en 2019 con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb y que ha acogido también numerosos aportes de diferentes grupos, todo esto sin dejar de lado sus propios deseos y convicciones para escribir sobre la fraternidad y la amistad social.

Su propósito es explícito, quiere ayudar a curar al mundo del mal de la indiferencia, a que reaccionemos ante toda situación de división y de atropello a la dignidad humana en cualquier lugar del mundo. En definitiva, nos invita a soñar juntos para hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad.

Mirar el mundo con realismo y esperanza

En el capítulo primero, el Papa Francisco identifica importantes tendencias del mundo actual que amenazan la fraternidad universal. Menciona que importantes proyectos de integración han quedado en el camino por ideologías que siembran el miedo y la desconfianza, y por una globalización injusta que alienta el individualismo antes que la solidaridad; lo cual aleja la oportunidad de un proyecto común. Denuncia que la pérdida de la memoria histórica, el menosprecio de las raíces culturales y el daño a la autoestima de las personas más vulnerables ocasionan nuevas formas de colonización cultural. En su mirada, en el mundo actual predominan una cultura de descarte, la agresividad sin pudor y derechos humanos no equitativos que tienen como principales víctimas a los no nacidos, ancianos, pobres, mujeres y migrantes. Explica que, si bien la pandemia del COVID 19 nos ha devuelto la conciencia de un destino común, hoy corremos el riesgo de olvidar esta lección; las conexiones virtuales que se han multiplicado exponencialmente a raíz de este evento producen una ilusión de comunicación, excesiva información y el aislamiento de las personas más que una convivencia real. Ante este panorama, el Papa Francisco anima a cuidar la esperanza y a no perder la fe en la bondad y entrega desinteresada de muchas personas.

Las reflexiones del Papa son oportunas y necesarias, llama nuestra atención sobre grandes problemas y encrucijadas del mundo actual ante las cuales nadie puede permanecer indiferente.

Una historia que trasciende fronteras

El capítulo segundo presenta la parábola del Buen Samaritano que tiene un impresionante valor pedagógico que todos podemos aprovechar. Ilustra de manera sencilla y cruda la realidad de las relaciones humanas de todos los tiempos, a través de los cuatro personajes de la historia que nos involucran a todos: los salteadores, los que pasan de largo, los que ayudan y el hombre herido. El Papa Francisco explica que estos personajes están también presentes hoy en todos los ámbitos de la vida humana. Ellos nos ayudan a confrontarnos con nosotros mismos y a establecer nuestra propia responsabilidad en un mundo dividido o en un mundo integrado. La indiferencia no es la única respuesta posible.

Soñar y construir un mundo mejor

De acuerdo con el Papa Francisco, en el capítulo tercero del documento, el ser humano existe para realizarse en la relación con sus semejantes, explica que existimos para servir a los demás y para aportar a un mundo abierto y acogedor. Por el contrario, asegura que cuando los seres humanos: individuos, parejas, familias o grupos se cierran en sí mismos, terminan por destruirse. De este modo plantea un mundo donde se recupere el concepto de prójimo en lugar del concepto de socio que basa su relación en los propios intereses. Recuerda la trascendencia del principio de destino universal de los bienes y asegura que la propiedad privada debe estar supeditada a este. Como valores destaca la hospitalidad, la solidaridad, la dignidad humana y el amor, como auténticos parámetros de un mundo que debe caminar hacia la fraternidad universal.

La propuesta del Papa Francisco podría considerarse demasiado idealista o romántica; sin embargo, lo que nos propone es retornar a los principios de base, el ser humano ha sido creado para realizarse plenamente en el encuentro con los demás y la apertura es una necesidad de primer orden en el camino de la felicidad y la realización personal y social.

Los migrantes, signo elocuente de un mundo llamado a vivir en fraternidad

En el capítulo cuarto dedicado a los migrantes, el Papa Francisco propone un cambio de actitud esencial en las personas frente al drama de la migración. En lugar del miedo y la sospecha, propone poner en práctica los verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Asegura que ningún grupo o nación puede lograr su realización plena de modo aislado, porque estamos hechos para realizarnos en el encuentro con los demás. El pontífice asegura que necesitamos un nuevo ordenamiento mundial, jurídico, político y económico para lograr una integración plena.

Ciertamente, una sería preocupación por la fraternidad universal no puede ignorar el drama de la migración, es un problema pendiente que atinge a todos, por eso mismo la respuesta debe ser necesariamente consensuada. Dentro de este enfoque, el drama de millones de migrantes son la herida abierta que muestra las graves contradicciones y miserias de la humanidad, pero también nos recuerda, honda y dolorosamente, que sólo nos queda el camino de la fraternidad, que somos la misma familia y que no existe una salvación por exclusión.

Recuperar la política y a los políticos

Lo primero que resalta en la propuesta del Papa Francisco, en el capítulo quinto de su Encíclica, es su llamado a no perder la esperanza. El mundo necesita recuperar la confianza en la política y en los políticos, porque sin una verdadera política no habrá fraternidad universal. La política se ha desnaturalizado por el afán de poder; sin embargo, el verdadero fin de la política es el servicio al bien común. Para ello es necesario replantearse la esencia de la categoría de pueblo y lo que se considera popular, ello permitirá evitar manipulaciones y explotaciones que traicionan la confianza de la gente. La política debe basarse en la caridad, el amor desinteresado, como verdadera vocación de servicio al pueblo.

Este capítulo nos recuerda el sentido y fin de la actividad política, entendida como la vocación de guiar y conquistar las grandes y legítimas aspiraciones del pueblo. Esos altos fines sólo pueden lograrse con personas que asuman su liderazgo basado solamente en la vocación de servicio. Es una reflexión oportuna y necesaria, de otro modo caminamos en la oscuridad sin alcanzar a ver la luz al final del túnel.

Las herramientas del diálogo y la amistad social

En el capítulo sexto, el Papa Francisco propone recuperar el verdadero sentido del diálogo en la sociedad, como medio para acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, comprenderse y buscar acuerdos. Para ello hay que evitar caer en monólogos que buscan únicamente el interés personal o de grupo. Un diálogo verdadero debe servir al bien común, debe buscar la verdad y anteponer la dignidad de las personas. Para lograr este objetivo, el Papa propone un camino educativo que recupere la amabilidad y el buen trato y que haga posible construir una cultura del encuentro.

Se trata de otra reflexión oportuna y necesaria, enmarcada en un enfoque positivo y esperanzador, como respuesta a los graves problemas por los que atraviesa la humanidad hoy.

El cambio comienza en el corazón de cada persona

El capítulo séptimo muestra que la Encíclica “Fratelli tutti” apunta a objetivos altos, para muchos seguramente imposibles de conseguir. Sin embargo, el Papa Francisco no es una persona ingenua y sabe que el principal cambio radica en el corazón de cada persona. Propone recomenzar desde la verdad, la justicia y la misericordia, como los mejores caminos para romper el círculo de la violencia y aplacar los sentimientos de venganza. Explica que hay que preparar el corazón para recorrer el camino de un perdón sin olvido que haga posible una auténtica reconciliación. Dice que la construcción de una paz duradera necesita de una arquitectura que comprometa a las instituciones, pero también requiere una artesanía que exige el aporte de cada persona. Asegura que una brújula segura es trabajar siempre desde los últimos, los descartados de la sociedad. Argumenta que, por el contrario, la pena de muerte, la carrera armamentista y la guerra son caminos falsos que aceleran la destrucción del mundo.

Religiones al servicio de la fraternidad

El último capítulo de la Encíclica muestra que el aporte de las religiones a la fraternidad universal es significativo. Ellas nos proponen un origen común: Dios, Padre de Todos; por tanto, hermanos unos de los otros. La Encíclica propone garantizar la libertad de conciencia y la libertad religiosa como enriquecimiento de la humanidad. Las religiones ayudan a romper muros y tender puentes. Por otro lado, la violencia y las muertes no deben justificarse desde convicciones religiosas, sino como manipulaciones y deformaciones egoístas. El culto sincero a Dios siempre lleva al respeto por la vida y la dignidad de cada persona.

Llamado necesario

Este importante documento del magisterio de la Iglesia Católica concluye con un llamado dirigido a los hombres y mujeres de buena voluntad, en nombre de las innumerables víctimas de la división y las guerras entre hermanos. El llamado es a asumir la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio.

En los últimos números del documento, el Papa Francisco propone la memoria inspiradora del beato Carlos de Foucauld como testimonio de quien supo identificarse con los últimos y hacerse hermano de todos. La Encíclica concluye con una Oración al Creador y otra oración cristiana ecuménica.

La Encíclica “Fratelli tutti” no pretende ser un documento perfecto, pero es producto de un corazón sincero, preocupado por el destino de la humanidad, es también un documento inspirado en la fe viva y comprometida. Es posible que tenga las limitaciones propias de una mirada personal, responsable pero también limitada, sin embargo, no se puede negar que plantea cuestiones fundamentales de nuestra existencia y convivencia. Para los creyentes es una herramienta de trabajo para actuar en coherencia con la fe que profesamos, sabiendo que no llegamos a Dios por el camino de la indiferencia a la realidad de sufrimiento y marginación de nuestros hermanos. Para los demás, hombre y mujeres de buena voluntad, es una mirada y reflexión compartida, con sinceridad y honestidad, que también merece una respuesta con esas mismas cualidades.

(*) José Rivera es comunicador social, docente del Instituto Teológico “San Jerónimo”

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